Pamplona y los venezolanos (II): De la paciencia con los caminantes a la integración de los que se quedan

En esta entrega se abordan las percepciones de voluntarios de los lugares de paso y los testimonios de los venezolanos, e incluso una voz nativa que reconoce los aportes constructivos del proceso migratorio.
Segunda parte
Escrito Por:
Paola Rodríguez Gáfaro

 

“Migrar es un proceso dificilísimo, son muchas emociones, estás ansioso por lo que vas a encontrar, esperanzado por construir todo lo que has imaginado, triste por lo que dejaste, yo sinceramente me divorcié enamorada de Venezuela, y todavía lo estoy. Y todas esas emociones hay que saberlas manejar”, reconoce la venezolana radicada en Pamplona, Alba Esteva, también madre y educadora.  

Y en congruencia con la lidia de estos procesos introspectivos, muchos coinciden en que La Ciudad Mitrada se ha constituido en un punto decisivo para la población en proceso de movilidad humana proveniente de Venezuela. Aquí respiran: unos varios, para seguir la ruta Colombia adentro; otros tantos, para regresar, por lo intrincado del camino; y otros pocos, para arraigarse.

Los que caminan

“Todos somos personas diferentes, con necesidades, problemas y vidas diferentes. Muchos desconocen que la gente camina porque es un derecho caminar, porque el hambre no espera”, justifica Pélaez, la voluntaria que dirigía el lugar de paso que llevaba su mismo nombre. 

Por otro lado, sostiene que “la mayoría pernocta por miedo a pasar el páramo, entonces, tratan de no movilizarse o en espera de que les puedan enviar algo de dinero para no correr tanto riesgo, ya que muchos caminan con niños”. Para ella, alrededor de un 90% son migrantes en tránsito, de acuerdo con su experiencia dentro del lugar de paso. Tantos años de cerca con los migrantes, la han convencido de que “ellos caminan porque es su única opción de vida”.

Durante la primera semana de febrero, la Red Humanitaria contabilizó entre 100 y 350 caminantes por día, dijo Pélaez. 

Leonor Peña, representante de la organización Venezolanos en Pamplona, también apunta a las dinámicas del reflujo migratorio que confluyen en la ciudad, cuando señala “un éxodo pendular que va y viene”. De allí sostiene que “no es un destino para permanecer, sino transitorio”. Y aunque la primera suele identificarse como problemática dentro del imaginario pamplonés, la solidaridad de la ciudad prevalece. 

Segunda parte

Por ejemplo, a principios de febrero, Eduardo tenía más de dos semanas caminando desde Venezuela, partió de Caracas. Le tocó pernoctar en Pamplona durante tres días por la necesidad de tramitar un salvoconducto. Tiene 23 años. Salió de su país porque, “el trabajo que hay allá no te da para costear todos los gastos que necesitas resolver”.   

A él lo han tratado muy bien, el primer día logró quedarse en un lugar de paso, el segundo tuvo que pasarlo en la calle, el tercero volvió al lugar de paso. “La gente de Pamplona ha sido muy colaboradora en todo lo que he necesitado. No tenía ni una colchoneta para dormir, y la gente del refugio me ha facilitado una para no dormir en el suelo pelado, también una bolsa para cubrirnos y que no nos pegue la lluvia, y así poder dormir mejor”, narra el viajante.

Una vez más, pese a las limitaciones del contexto, se trata de un migrante atendido por la iniciativa ciudadana que ya acumula años ayudando a los caminantes en Pamplona. En su caso específico, estaba en el refugio del señor Douglas recibiendo la cena, y también fue ayudado por personas de la colectividad para las otras comidas. Eduardo se encontró con la mano amiga de los colombianos

Esta situación coincide con el apunte de Leonor Peña, quien reconoce el alto número de migrantes que atraviesan y llegan allí: “Esta ha sido la ciudad de la tregua compasiva, ninguna ha sido tan bondadosa y generosa”

Prosigue Peña, “sobre todo ante la ausencia de unas políticas y una gerencia idónea por parte de los organismos internacionales durante 2017, 2018 y 2019”. Por otra parte, los retornados colombianos sí “llegan directamente a asentarse”, asegura Diana Capacho, directora departamental del ICU (Instituto de Caridad Universal). Mientras que los caminantes o “la población en tránsito”, no cuentan con ningún tipo de redes de apoyo, “la gente llega cansada, con hambre, con frío, se acuestan en los andenes”, complementa. 

En este tema, Capacho también coincide con Juan Carlos Rodríguez, el director de Consornoc (Corporación Nueva Sociedad de la región nororiental de Colombia), en que muchos migrantes sí están mostrando vocación de permanencia, “cada vez hay más gente nueva”

En esa medida, desde el ICU, su directora insiste en que la institucionalidad pueda pasar de la atención asistencial al apoyo productivo, porque así se generaría “una política de negocio, de empresa, y la gente dice, si yo tengo trabajo, no tengo que andar mendigando”. 

Segunda parte

Los que se quedan y emprenden

De acuerdo con la experiencia del padre Rodríguez, la migración venezolana ha mostrado vocación de permanencia en Pamplona. Para inicios de febrero, declaró que Consornoc está atendiendo a unas 1.100 familias a través del Programa Mundial de Alimentos (PMA), lo que según sus cálculos puede traducirse en unas 3.000 personas. El sacerdote asume que, “si están aquí es porque han conseguido un mínimo de condiciones de vida”. 

Peña considera que el factor climático no llama la atención de los venezolanos para ver a Pamplona como lugar de residencia, dado que “un 95% son de regiones costeras y llaneras, acostumbrados a sobrellevar temperaturas que superan los 30, 35 grados”. Dice que “la gente que toma la decisión de quedarse son los que tienen un familiar, porque son hijos -colombianos retornados-, porque consiguen un sitio donde vivir mientras resuelven cómo seguir su paso”. Pélaez también agrega que muchos de los que llegan son retornados colombianos. 

Capacho aprovecha para explicar cuál es el amparo legal con el que cuenta la población colombiana retornada desde Venezuela. Apunta también que muchas veces son “revictimizados”. 

Se trata de la Ley 1565 de 2012, un instrumento que ofrece un Registro Humanitario de Causa Especial con la intención de ofrecer beneficios de protección a los colombianos que salieron de Venezuela desde 2015, cuyo importante número “fueron víctimas de desplazamiento forzado cuando aquí estábamos con la violencia”.

  • Colombianos retornados con registro: Entre 3.000 y 5.000 en toda la provincia, que a su vez conforman aproximadamente un 50% de familias mixtas, es decir, que traen familiares (parejas, hijos u otros) nacidos en Venezuela.

  • Colombianos retornados sin registro: más de 5.000 en toda la provincia (Pamplona, Silos, Mutiscua, Chitagá, entre otros).

 

Además, Peña se refiere a las pocas ofertas de trabajo que puede ofrecer Pamplona a los venezolanos, e incluso, si quisieran emprender, encuentran “el gran choque económico, porque la devaluación no les deja arrancar”. Un 95%, dice, no viene a quedarse. “La mayoría está de paso, buscando cómo reunir el pasaje para seguir a otras ciudades colombianas”, lamenta.  

Alba Esteva siente que “hay una comunidad de venezolanos reventándose la cabeza para salir adelante. Hay mucho emprendimiento venezolano que quiere contribuir con la economía de Colombia, con la innovación en los productos, pero no son populares, más popular es el fenómeno de los caminantes en Pamplona”.   

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Jesica Mantilla hace arte con las trufas.
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Alba Esteva ha logrado aplicar sus conocimientos pedagógicos en Pamplona.
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Marisa Mantilla ha emprendido en el rubro gastronómico.

La integración

Esteva quisiera decirle a los pamploneses que se sienten incómodos con la llegada de los venezolanos que, “traten a las personas como les gustaría que los trataran a ustedes en una situación similar a las que nosotros atravesamos”. 

El sacerdote Rodríguez conmina a la reflexión: “Nadie es residente, todos somos migrantes, desde la fe migramos, en algún momento, tenemos que migrar hacia La Casa del Padre. En este caminar de la vida, siempre reconozcamos a Jesús en el otro, y más en las condiciones difíciles que puede vivir un migrante”. 

La joven madre y educadora venezolana se siente apegada a la ciudad: “Lo poquito que yo puedo saber, me gustaría explotarlo aquí en Pamplona y aportárselo, porque es la ciudad que me recibió a mí, es la ciudad que está viendo crecer a mis hijos, que los está educando, y claro que le quiero dar lo mejor de mí”. 

Desde enero del año pasado, junto a su esposo decidieron emprender con un Centro de Asesoría Pedagógica. Aunque no les resultó fácil conseguir niños, puesto que “las mamás decían que no, por ser venezolana, solo gracias y se iban”, la recursividad venezolana que han debido aprender a desarrollar en medio de la crisis humanitaria que los expulsó de su tierra, no tardó en manifestarse: “empezamos a atender de manera virtual”. Pese a las dificultades, ya cuentan con varios niños para asesorar en sus tareas escolares. 

Esteva es nieta de pamploneses, cuenta con redes de apoyo en la ciudad; además, las ha ampliado y extendido gracias a sus habilidades sociales y profesionales. Han sido clave para su nueva vida y la de su familia: desde el señor del arriendo hasta sus vecinos, han hecho su proceso migratorio mucho más llevadero. De manera providencial, su jefe, el colombiano Jaime Uribe, también ha influido en su proceso de adaptación y superación. 

“Yo percibo que para los que vienen de paso, es muy duro y difícil. Se le hace a uno un nudo en la garganta cuando tiene que presenciar el estado de inanición, de deterioro físico e incluso mental de quienes asumen la aventura de dejar su hogar y emprender un viaje a pie por carretera a través de una ruta que muchas veces ni conocen, y ver cómo esas cosas van marcando diferentes comportamientos en las personas”, opina Uribe, quien también es director del Museo Anzoátegui en Pamplona.   

Él reconoce que así como ha conocido a venezolanos con muy escasa formación educativa, igual también ha vivido experiencias con personas de notable capacidad intelectual, “no tanto una capacidad económica, sino operativa, una vocación, con perfiles profesionales muy buenos y con gran capacidad para desarrollar muchas tareas”, arguye. 

Ha visto, inclusive, cómo esos venezolanos que se han ido quedando en Pamplona “han ido cambiando la visión de territorio, la manera como se generan las dinámicas sociales en la ciudad, entonces ya es normal, por ejemplo, encontrar restaurantes de comida típica venezolana o vas a encontrar diferentes formas de llevar la vida, diferentes visiones desde lo cultural, lo político, social, diferentes maneras de entender las nuevas realidades que a la gente le toca vivir”

Uribe conmina a sus coterráneos a “entender el territorio de otra manera, que más allá de los espacios, también somos los que habitamos dentro de él”, mientras expresa su convicción en que tanto el Estado como la sociedad deben interiorizar que “el venezolano que viene, llega a aportar”.